A FONDO JOSEP FONTANA, HISTORIADOR

Publicado en por Salustio Crispo

A FONDO JOSEP FONTANA, HISTORIADOR
Los historiadores argentinos no investigan el siglo XX
(Diario Clarin 13 de Diciembre de 1998)

Todo trabajo con la historia es político. La contundente afirmación corresponde a Josep Fontana, preocupado porque la mayoría de los historiadores argentinos -incluso, los que viven y trabajan fuera del país- están más volcados a estudiar el período colonial del que, dice, hay muchos buenos libros, que el apasionante siglo XX de este país.



JORGE HALPERIN. De la Redacción de Clarín
Fontana es profesor de Historia Económica en la Universidad catalana de Ponteufa, ha sido uno de los fundadores de la Universidad Autónoma de Barcelona y dirige un instituto de estudios históricos.Además de señalar lo que juzga una carencia importante, se mostró muy preocupado por la crisis de la educación argentina, cuyo sistema no sé cuánto más puede aguantar, con consecuencias muy graves para el futuro.Ultimamente, Fontana publicó La historia después de la historia (Ediciones Crítica), libro por cuya presentación estuvo en Buenos Aires. sted tomó contacto con historiadores argentinos. ¿Qué clase de pasado están investigando?-Lo primero que me sorprendió es que acá no hay un gran interés en investigar a escala universitaria el siglo XX de la Argentina. Es llamativo porque estamos hablando de un siglo XX de ustedes que es realmente apasionante y que presenta episodios muy importantes. Creo que es una verdadera cantera para un historiador. Además, me sorprende esa falta de interés cuando se trata de un período vital para comprender el presente. Sin embargo, en las librerías se pueden encontrar muchos libros sobre temas argentinos de este siglo...-Sí, yo vi trabajos de sociólogos, economistas y politólogos que son importantes. Pero no hay buenos estudios históricos sobre el peronismo y sobre la figura misma de Perón. Por ejemplo, una gran biografía de él, que sería de un enorme interés para toda la gente. Y ya no pretendo que existan estudios sobre la dictadura militar, que tampoco encontré.¿Por qué no pretender también eso?-Desde luego, pero quiero decir que me sorprende en general que no haya interés en orientar la investigación universitaria en esta dirección. Hay una gran preocupación por el período colonial, que no deja de ser importante, pero está mejor estudiado y hay mucho mejores libros.¿Habló de esta carencia con sus colegas argentinos?-Sí. Hablé con profesores y estudiantes y les dije que en mi propio país estoy tratando de reorientar la formación de posgrado en el instituto que dirijo hacia la historia que va desde la Segunda Guerra Mundial hasta nuestros días.¿Allá también ignoran los últimos 50 años?-No tanto. Temas como la Guerra Civil y el franquismo despiertan mucho interés. Quizás no haya tanta investigación como la que debiera, pero entre los colegas argentinos advierto menos sensibilidad por su historia contemporánea.¿Lo que pasa acá podríamos atribuirlo a que los historiadores argentinos temen que la cercanía de los hechos afecte su objetividad y puedan caer en una discusión política antes que en un trabajo de rigor científico?-Todo trabajo de historiador es político. Nadie puede estudiar, por ejemplo, la Inquisición como si estuviera investigando la vida de los insectos, en la que no se involucra. Porque, o el trabajo del historiador tiene utilidad para la gente de afuera de las aulas, o no sirve para nada.¿Puede que la altísima violencia política que sufrió la Argentina en décadas recientes influya de algún modo desalentando a los investigadores a meterse en un tema que todavía divide a la gente?-A mí me parece que eso no debería ser el elemento determinante. Yo vivo en un país que tuvo también una altísima violencia. Mientras hubo represión, eso frenó lo que se podía decir. Pero no impedía que nos preocupásemos, que intentásemos estudiar las cosas y que reuniéramos libros, aunque fueran del exterior, que hablasen de esos temas. Quizás donde se advierten actitudes no tan claras de algunos historiadores españoles es sobre el período reciente llamado de la transición. Bien, ahí parece haber una versión oficial un tanto novelesca y pocas intenciones de investigarla a fondo. Ahora bien, es llamativo que muchos historiadores argentinos que están fuera del país y, por lo tanto, tienen más libertad para encarar los temas más conflictivos, también están investigando temas de la Colonia.-Bueno, se formaron en esa especialidad y no parece que sientan necesidad de dar un vuelco completo a sus vidas. Pero creo que el problema principal debe estar en la formación de los jóvenes; en ese punto se debería estar trabajando. Por lo que yo sé, hay masas de documentación esperando a los historiadores. ¿Podemos pensar que los historiadores, como todo el mundo académico, reciben señales sutiles de que hay temas que es preferible no abordar porque son problemáticos?-Creo que lo que suelen recibir son más bien claras indicaciones del rumbo en que gusta que se vaya. Para eso, los gobiernos tienen su propia pedagogía histórica. Montan conmemoraciones, celebraciones que dan lugar a congresos, festejos y publicaciones. Todo eso significa posibilidades de proyección y de éxito. Porque, normalmente, a un intelectual no sólo se lo compra con dinero. Muchas veces se lo compra más ofreciéndole posibilidades de proyección. ¿Usted leyó libros de la Argentina que le interesaran?-Sí, claro. Este país no es un tema de estudio para mí, pero mi padre fue un inmigrante aquí entre 1920 y 1927. De modo que toda mi infancia estuvo poblada de imágenes de una Argentina feliz y paradisíaca. Más tarde, llegaba gente que había vivido aquí y le decía a mi padre que aquella Argentina de oro ya no existía, pero eso no trastornó mis imágenes. De todas formas, la suerte de este país no me es indiferente.¿Qué cosas de las que leyó le resultaron más reveladoras de este país?-Comenzando por mi infancia, lo primero fue el Martín Fierro. Todavía podría recitar fragmentos de memoria. Había, detrás de esa obra, la conciencia de un problema muy hondo; el del campesino contra el nuevo sistema que lo va acorralando y lo desplaza. Luego, distintos trabajos de historiadores amigos me mostraron que todo era más complejo. Por ejemplo, la tesis de Mariana Canedo sobre los campesinos, en el sentido de que no todo era el hacendado vs. el gaucho, sino que había un mundo más complejo. Soy también un lector asiduo de las obras de argentinos como Carlos Sempat Asadourian, José Carlos Chiaramonte, Juan Carlos Garavaglia y Enrique Tándeter. Estamos en las mismas. A través de ellos no llega al siglo XX...-No llego. Por eso me fui a una librería preocupadísimo por conseguir buenos libros, para poder explicar en mi clase de Historia Contemporánea, en Humanidades, qué es el peronismo. Estuve recientemente en Brasil y sucede lo mismo con la figura de Getulio Vargas. Cuesta comprender el tema porque el peronismo es una cosa y la contraria, y quizás muchas más. Brasil, mejor educado¿Cómo encuentra la situación educativa de la Argentina comparada con la del Brasil?-Hay una diferencia muy grande en el esfuerzo público que ponen los brasileños. Tanto en la escuela media como en la universidad, Brasil tiene una preocupación por la educación que no veo en la Argentina. El panorama que trasmiten aquí los profesores de enseñanza media es terrible. El sistema resiste por la calidad del material humano, formado en épocas en que se esperaba un mejor futuro. Pero no sé cuánto tiempo puede aguantar así. Hay con Brasil una diferencia creciente, y las consecuencias pueden ser graves.¿En qué piensa cuando dice que Brasil pone un mayor esfuerzo público?-Le doy ejemplos: estuve allá en un coloquio de la Asociación Nacional de Profesores Medios y Universitarios de Historia. Se movilizó gran cantidad de gente, participando y haciendo aportes. Estuve aquí en la reunión de la Asociación Argentina de Historia Económica, en la Universidad de Quilmes. Había profesores de enseñanza media que vinieron el primer día y luego dejaron de participar porque el Ministerio de Educación no considera a estas jornadas como actividad computable, por lo tanto les descontarían días de sueldo. Parece una visión muy estrecha.-Hay, además, otros ejemplos. En Brasil hay buenas universidades estatales y privadas, y las primeras gozan de unos medios espléndidos que acá no veo, además de brindar un gran número de becas y cursos de posgrado. Un historiador argentino que trabaja en París me dijo que en Francia hay un gran número de becarios brasileños, pero no de argentinos. En los hechos, aquí no hay conciencia de que se tiene que potenciar la educación, y eso, insisto, puede ser muy grave para el futuro. ¿Por qué podría ser grave para el futuro?-Es muy simple: todo el mundo está de acuerdo en que vamos hacia un futuro en el que el crecimiento económico dependerá sobre todo del capital humano, de la capacidad, de la inventiva. Cada vez más el modelo será Microsoft, basado principalmente en mano de obra calificada, antes que Ford, clásicamente la gran organización con masas obreras. Brasil se está preparando para ese futuro, la Argentina no. Si estos dos países son los protagonistas del futuro industrial del Cono Sur, ustedes están dando grandes ventajas a los brasileños.Que se descuide la educación indica que no se piensa en el futuro. Y que no se investigue el siglo XX parece indicar algo parecido.-Es posible. Y creo que los políticos no se ponen a pensar en el futuro. Si me remito a mi campo profesional, creo que es necesario promover el análisis real de lo que ha sido este país en los últimos 50 años. Y, en cuanto a los políticos, no necesitan más que analizar cómo durante mucho tiempo este país creció con un buen sistema educativo para entender qué hay que hacer. Y eso no se resuelve simplemente mandando a un grupito a estudiar a Harvard. Además, se van a quedar allá.¿Por qué si la gente devora libros sobre el pasado lejano y el pasado reciente, los historiadores prefieren confinarse en la Colonia?-No tengo autoridad para explicar un tema que no conozco bien. En un momento dado se crearon dificultades de convivencia entre gente que sufrió persecuciones y otra que se asoció a los perseguidores. No sé hasta qué punto puede haber una especie de presión social para decir: No removamos demasiado las cosas. También en España, con la transición, hubo una tendencia a decir: Bueno, olvidemos, lo mejor es echar tierra encima. Pero el pasado sólo se liquida cuando se asume. El olvido es siempre dañino.Pareciera que las sociedades se interrogan más por el pasado cuando por fin tienen un proyecto, un rumbo al cual se dirigen y necesitan explicarse cosas.-Yo creo que hay una estrecha relación entre las dos cosas. De hecho, es el argumento principal de mi libro anterior, Análisis del pasado y proyecto social. Yo creo que siempre el análisis histórico se hizo en búsqueda de la genealogía del propio proyecto social.De modo que no parece descabellado pensar que hay alguna relación entre una educación sin horizontes y una mayoría de historiadores poco interesados en los hechos de este siglo.-No puedo asegurarlo, pero los verdaderos responsables del sistema educativo no son los historiadores, sino los políticos. Y ahí es donde falta la apuesta de futuro.

Fuente: http://www.clarin.com/diario/1998/12/13/i-02001d.htm
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